25 octubre 2006

Tierna inteligencia

Publicado en octubre del 2006 en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia.

Santi Amodeo y Juan José Ballessta

Si Vacas de Julio Medem surgió como un rayo de extraña, ingénua y poética luz a principios de los años noventa (como el magnifico y marciano debut en solitario de Santi Amodeo con Astronautas en el 2003, que podría significar para la generación posterior una piedra de toque muy similar), Cabeza de perro (como La ardilla roja en su momento, la siguiente película de Medem) nos sirve para confirmar a Amodeo como uno de los autores más originales de la nueva camada de directores de cine provinientes de la cantera del cortometraje español, la que está empezando a protagonizar el próximo relevo, como su excompinche Alberto Rodríguez (ya instalado gracias a la taquilla y los premios de 7 Vírgenes), Daniel Sánchez Arévalo con Azuloscurocasinegro, Jorge Sánchez-Cabezudo con La noche de los girasoles, Javier Rebollo con Lo que sé de Lola, o los que vienen: Koldo Serra, Félix Viscarret, Nacho Vigalondo, Rodrigo Cortés o J.A. Bayona, que pronto estrenarán sus primeras películas.

En este sentido, y para quienes le seguimos desde su debú (en 1999 con el premiado cortometraje Bancos), resulta hasta conmovedor comprobar cómo Amodeo afianza su particular punto de vista cinematográfico en medio del actual panorama. Y lo hace con valentía, con doscientas copias, sin pasar por ningún festival de renombre para aprovechar el supuesto tirón mediático y encima sólo con los cincuentamil espectadores de Astronautas a las espaldas (un diez para el productor, una apuesta así no es nada habitual). Un original punto de vista que resbala sobre el realismo tímido al que tan acostumbrados estamos a soportar, pero que partiendo de una base similar (de hecho su productor, José Antonio Félez, es también el productor de Achero Mañas y del propio Alberto Rodríguez) Amodeo lo afronta con una mirada mucho más poética, moderna e inconfundiblemente pop: algo que le emparenta con creadores como Wes Anderson o Paul Thomas Anderson, apartándole con alivio de la pesadez del comprometido enrabiado, ese que prefiere explicar y reivindicar desde el texto a jugar e ilusionar desde las imágenes. La estupenda música compuesta por el propio Amodeo y la colaboración del no menos estupendo ilustrador Miguel Brieva -tan sevillano y undergraund como él- corroboran y acentúan ese camino.

Cabeza de perro explica en forma de cuento y narrador en off el despertar a la vida adulta de Samuel, un chaval de 18 años que sufre una extraña enfermedad cerebral, encarnado por un soberbio Juan José Ballesta, salvado del peligroso estereotipo de adolescente marginal al que estaba sometido –otro de los aciertos de Amodeo-. “Son como ausencias”, dice él, desconexiones del cerebro frente a situaciones y emociones que le superan, una brillante solución de guión para explicar científicamente y sin rodeos la inadaptación enfermiza propia de la edad y la sensibilidad del protagonista. Sin saber muy bien cómo, Samuel huirá de su protectora y acomodada familia y acabará en el caótico Madrid buscando piso, cuidando ancianos y enamorándose de Consuelo (interpretada por una Adriana Ugarte que replica con cariño y solvencia) en un típico viaje de iniciación en búsqueda de la identidad y el amor, en búsqueda de la conexión definitiva con la vida a pesar de su poco fiable y definitivo cerebro.

Visitando tantos lugares y sentimientos comunes podríamos pensar que Cabeza de perro es una película de lo más común. Pero no lo es. El ingénuo, tierno y valiente empeño de Amodeo le da la vuelta para brindarnos una de las ficciones españolas más frescas, modestas y desacomplejadas de los últimos tiempos. Estamos pues (y a pesar de las doscientas copias) frente a un pequeño y honestísimo hallazgo. Tan insignificante para la historia del cine como La ardilla roja, pero tan importante como aquél profundo y sonrojante poema de juventud.

Al loro con este tipo.